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miércoles, 12 de febrero de 2020

"Paisá" (Roberto Rossellini, 1946)

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Paisá significa "Camarada" y la película alude a la relación entre los soldados norteamericanos y la resistencia partisana en la Italia de finales de la 2ª Guerra mundial plasmada a través de seis historias cortas. Rossellini filmó con pocos medios (se nota en el acabado final, en que los actores no son profesionales e incluso en la narración), pero siempre tratando de ser fiel a la realidad de aquel momento. Junto a "Roma, ciudad abierta" y "Alemania, año cero" este drama forma una trilogía neorrealista empapada también de otras influencias como el realismo poético francés. Lo importante es que, rodada muy cerca en el tiempo a los hechos que narra, y con vocación realista, es un magnífico documento para viajar literalmente en el tiempo y conocer cómo era aquella Italia y cómo eran sus gentes. Es más, resulta especialmente recomendable, porque cuenta desde la realidad misma, sin subrayados dramáticos y sin eludir la tristeza que lo impregna todo, el cruel destino que depara a cualquier persona normal un conflicto bélico. Con el visionado se respira la miseria, el dolor, el desamparo, la desesperanza y la desgracia, nada mejor para entender a qué se enfrenta el ser humano cuando la guerra le obliga a hacer cualquier cosa para sobrevivir y lo caprichoso que puede llegar a ser el destino.

domingo, 15 de mayo de 2011

“Alemania, año cero” (Roberto Rossellini, 1948)

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Países: Francia, Alemania, Italia
Guión: Roberto Rossellini, Carlo Lizzani, Max Coplet
Fotografía: Robert Juillard
Escenografía: Piero Filippone
Vestuario: Piero Tosi
Música: Renzo Rossellini
Montaje: Eraldo Da Roma
Producción: Salvo D'Angelo, Roberto Rossellini
Duración: 75’
Reparto: Edmund Moeschke (Edmund Koeler), Ingetraud Hinze (Eva Koeler), Franz-Otto Krüger (Karl-Heinz Koeler), Ernst Pittschau (Father Koeleri), Profesor Erich Gühne (Herr Enning)
Género: drama, neorrealismo


Por fin he visto “Alemania, año cero”, un clásico del neorrealismo italiano que siempre se cita junto a “Roma, ciudad abierta” (1945) y “Camarada” (1946) en los manuales porque forman una personal trilogía de postguerra, son la cumbre del cine del director Roberto Rossellini y porque explican la mísera situación de postguerra en la que quedaron los derrotados tras la Segunda guerra mundial.

Da que pensar que haya tardado tanto tiempo en verla y da que pensar que este tipo de películas queden olvidadas en cineclubs, canales temáticos y manuales de historia del cine. Supongo que así ha pasado siempre, nos atrae más todo aquello que pretende divertirnos mucho más que aquello que pretende aleccionarnos. A parte del intenso drama que relata esta película su valor como documento histórico, su explícita intención didáctica y su factura (próxima a los albores del cine por los reducidos recursos con los que se rodó) la convierten en un título nada apropiado para horarios de máxima audiencia y hablemos claro, si no nos programan una película de este tipo en la televisión el mero hecho de rastrearla en el baúl de los recuerdos es algo que casi nadie hacemos de motu propio. Tiene que gustarte mucho el cine para conseguirla y verla.


En cambio qué importantes son este tipo de películas. Nos refrescan la memoria de los errores históricos para no volverlos a cometer y nos alertan de las consecuencias de los conflictos bélicos. Sabiendo que las imágenes que se ven del Berlín de 1947 son reales, que no hay decorados (sólo lo son los interiores), se te encoge el ánimo. La ciudad era una ruina inmensa, un completo desastre y no cuesta advertir las tremendas dificultades que habrían de pasar los supervivientes, obligados a malvivir con las cartillas de racionamiento o a lanzarse a la picaresca de los bajos fondos del mercado negro y el estraperlo.

Si cabe esta película impresiona mucho más en los tiempos que corren, con la crisis económica como una espada de Damocles sobre nuestras cabezas, pero analizando a fondo la situación uno se da cuenta que incluso ahora es difícil que todos los miembros de una familia se encuentren en la más absoluta miseria. Por suerte, la familia como célula social, nos permite escapar de algún modo a la indigencia (no a todos lamentablemente), pero la historia que nos cuenta “Alemania año cero” deja claro que por aquel entonces, en la Europa masacrada por la segunda guerra mundial, sí había familias en las que todos sus miembros vivían en la desgracia.

La película se centra en Edmund Koeler, un chaval que vive en el Berlín de postguerra, gestionado por los norteamericanos, que aún no ha cumplido los trece años y que cada día sale a la calle haciéndose pasar por un chico de más de quince para que le dejen trabajar cavando fosas o quitando escombros y conseguir así algo de comida para su familia, que vive en la cocina de un piso compartido en un edificio destartalado con el padre enfermo y postrado en cama, el hijo mayor oculto por su pasado como soldado nazi y la hija mayor prostituyéndose por las noches.

A pesar de que la película es del año 1948 debido a las ideas estilísticas del neorrealismo, Rossellini la filmó con luz natural, prácticamente sin iluminación, sin equipos de rodaje excesivamente avanzados y centrándose en personajes zarandeados por la misería, así que la película tiene un aspecto que la hace parecer más antigua, que en cierto modo la aproxima al expresionismo por los contrastes que se crean entre luces y sombras. No obstante, a pesar del estilo sobrio y directo, desprovisto de preciosismos, la cámara sí se mueve de forma elegante siguiendo a los personajes por ambientes y localizaciones y huyendo del tono teatral en el que podía haber caído la historia con el objetivo de mostrar el terrorífico escenario real en el que suceden los hechos.

Escenario y argumento están impregnados de desesperanza y acongoja ver al pequeño Edmund cabizbajo, paseando por las calles de la ciudad, buscándose la vida, en cambio parece latir una leve esperanza en todo momento, al menos hasta el tramo final y por ello todo acontecimiento dramático de los que ocurren resultan más demoledores.

Es la intención de Rossellini, concienciar y la deja clara desde el mismo comienzo con ese párrafo leído en off que abre la película: “Cuando las ideologías se alejan de las leyes eternas de la moral y de la piedad cristiana, que son la base de la vida de los hombres, terminan convirtiéndose en una locura criminal. Incluso la bondad de la infancia resulta contaminada y arrastrada por un horrendo delito hacia otro no menos grave, en el cual, con la ingenuidad de la inconsciencia, cree encontrar una liberación del alma”. No hay posibilidad de duda, la película habla claro y deja clara su moraleja. Preocupante es que moraleja y documento queden en las estanterías del olvido porque creo que merecerían verse en las clases de historia.

La sensación final que te queda es similar a otros clásicos del neorrealismo como la ya citada “Roma, ciudad abierta” o “El ladrón de bicicletas”, la de un fuerte impacto y es que aunque no siempre la crudeza es explícita (sólo se sospecha por ejemplo tras las caricias del pervertido maestro que se ofrece a ayudar a Edmund) todo lo que vemos nos hace comprender que la desesperanza invada al protagonista y el exceso de responsabilidad le haga sucumbir, a él y de algún modo a toda una nación abatida por el engaño y la guerra.

Rossellini lo explica a través de su narrador: “No se trata de una acusación contra el pueblo germano, ni tampoco de una defensa, más bien es una constatación de los hechos”

MIS ESCENAS FAVORITAS.

-Edmund caminando cabizbajo por las calles del Berlín devastado. Hay varias, pero alguna de ellas es icónica y muestra sin palabras, sólo con imágenes la crudeza de una situación que nunca se debería haber producido.

- El momento en que el padre enfermo intenta que su hijo recluido en casa reaccione para ayudar a su hermano: “Todo me ha sido arrebatado. Mi dinero por la inflación y mis hijos por Hitler. Debería haberme rebelado pero era demasiado débil. Como tantos otros de mi generación. Hemos presenciado cómo se acercaba la desgracia y no la hemos detenido y ahora sufrimos las consecuencias. Hoy estamos pagando por nuestros errores. Todos. Yo igual que tú. Debemos ser conscientes de nuestra culpa. Porque con lamentos no se soluciona nada. Tengo los días contados pero tú aún eres joven. Todavía puedes hacer muchas cosas buenas. Demuestra que eres un hombre (…) No te rindas más. Termina con esta vida de animal acosado. Debes volver a vivir entre las gentes, tienes que volver al mundo. No es una vergüenza fabricar tu propio destino. Yo también fui soldado en la 1ª Guerra Mundial (...) Parecía que ninguna fuerza del mundo pudiera detenernos. Pero de repente todo cambió. Primero la derrota y luego la Revolución. Incluso lloré cuando me arrancaron los galones. No se me puede acusar de no haber sido un buen alemán. A pesar de ello, durante estos años tan difíciles...ahora puedo confesarlo; no he esperado otra cosa que la caída del tercer Reich y su destrucción. No quiero ni pensar cuál hubiera sido la suerte del mundo si las cosas hubiesen sido de otro modo.”


sábado, 22 de mayo de 2010

“El limpiabotas” (Vittorio de Sica, 1946)


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Título original: Sciuscià
País: Italia
Duración: 93 minutos
Ficha técnica.
Dirección: Vittorio De Sica
Guión: Sergio Amidei, Adolfo Franci, Cesare Zavattini, Cesare Giulio Viola.
Fotografía: Anchise Brizzi
Música: Alessandro Cicognini.
Producción: Giuseppe Amato, Paolo William Tamburella.
Productora: Societa' Cooperativa Alfa Cinematografica.
Reparto: Franco Interlenghi (Pasquale), Rinaldo Smordoni (Giuseppe), Aniello Mele (Raffaele), Bruno Ortensi (Arcangeli), Emilio Cigoli (Staffera), Gino Saltamerenda (Il Panza), Anna Pedoni (Nannarella), Leo Garavaglia (Commissario P.S.), Enrico De Silva (Giorgio), Antonio Lo Nigro (Righetto), Angelo D'Amico (Il siciliano), Antonio Carlino (L'abruzzese), Francesco De Nicola (Ciriola), Pacifico Astrologo (Vittorio), Maria Campi (La chiromante), Peppino Spadaro (Avvocato Bonavino), Irene Smordoni (Mamma di Giuseppe), Antonio Nicotra (Bartoli, l'assistente sociale).



Ver “El limpiabotas” hoy en día constituye, como con muchas otras películas clásicas, una auténtica hazaña de espeleología fílmica. Este tipo de películas ya no se emiten en las televisiones o no al menos en las públicas, menos aún en hora punta. ¿A quién le interesan las películas en blanco y negro? ¿A quién le interesan las películas de los años 40’s? Y me parece injusto, francamente, que algunos directores como Vittorio de Sica queden relegados al olvido o al pago por visión que sólo unos pocos se pueden permitir.

Soy consciente de que no todos tenemos el interés por recuperar clásicos y que la gran mayoría ve cine para entretenerse, pero no me parece lógico que las modas y las audiencias se impongan de tal modo que películas que son imperecederas queden fuera del alcance de casi todos. No sé si se ha meditado sobre esto, pero en definitiva las audiencias, las modas, los gustos apriorísticos provocan de manera indirecta una suerte de censura que me parece reprochable. Es decir, el programador de televisión elimina ciertas películas del prime time porque “a priori” no van a gustar a una gran mayoría, que va a cambiar el canal al ver una película en blanco y negro, es decir, la censura y la relega a horario de madrugada o simplemente la descarta. De ese modo muy poca gente puede llegar a ver “El limpiabotas”, o “El ladrón de bicicletas”, o “El halcón maltés, ”Cayo largo”, “Casablanca” y tantas y tantas películas.

El otro día vi “El limpiabotas” de Vittorio de Sica, rebuscando entre bases de datos de cine clásico y por supuesto no porque la programara ninguna televisión y me topé con una película inolvidable, conmovedora y capaz de dejar una profunda huella anímica y artística.

El logro cabe apuntárselo a la par a la maestría tras la cámara de Vittorio de Sica y tras el guión de Cesare Zavattini (¡¡grandioso siempre este guionista!!! aunque en este caso comparte honores con Sergio Amidei, Adolfo Franci y Cesare Giulio Viola.

La película se centra en dos niños, Pasquale y Giussepe, que viven en el Nápoles ocupado por los norteamericanos de la postguerra (2ª guerra mundial) ganándose la vida como limpiabotas, aunque un término más adecuado sería “malviviendo” como tales. El asunto le sirve a De Sica para hacer un acertado retrato de época y desarrollar un drama de corte realista y con una fuerte carga emotiva. Pienso que lo mejor de esta película es que te impacta profundamente, sobretodo porque su tono realista, pseudo-documental te recuerda que hubo un momento en que Italia pasó por el trance que vemos en pantalla. Hoy vemos grandes series y películas actuales que muestran la tragedia de la segunda guerra mundial y otros conflictos, pero tamizados muchas veces por técnicas modernas, por un ritmo adecuado a los gustos audiovisuales de hoy en día; pero “El limpiabotas” viene a ser un viaje en el tiempo, al pasado, a la época en la que se relatan los hechos y permite penetrar en el ambiente de la época, observar las penurias y el espíritu de lucha personal pese a ellas, emana de ella un aroma de fatalidad, muestra un panorama desolador....son sensaciones que difícilmente puede plasmar un cineasta actual, pero es que además De Sica muestra en cada una de sus películas una sensibilidad muy especial que hace que sus personajes nos sean cercanos, nos interesen, nos conmuevan. Seguramente “conmovedor” sea uno de los calificativos que mejor definen al director italiano y “El limpiabotas” es uno de los mejores ejemplos de ello.

Este film sigue la estela de otros dos clásicos del neorrealismo italiano como son “Roma ciudad abierta” y “Paisa”, ambas de Roberto Rossellini y anticipa otros grandes títulos posteriores del propio De Sica que hoy son grandes clásicos como “El ladrón de bicicletas” (1948), “Milagro en Milán” (1951), “Umberto D” (1952) o “Estación Termini” (1953). Estilísticamente la base del neorrealismo, identificable en esta película, se basa en el tono realista, en la ambientación argumental en los entornos más desfavorecidos de la sociedad, en el desarrollo de dramas personales en los que los protagonistas han de hacer frente a la fatalidad derivada de la situación político-social que les ha tocado vivir.

Los niños de esta película, Pasquale y Giussepe, tienen que limpiar botas para ganarse la vida, viven en una Italia pobre, masacrada por la segunda guerra mundial y el fascismo, pero disponen de dos grandes tesoros: la ilusión (representada en este caso en un caballo que quieren comprar) y su amistad. Sin embargo la fatalidad y la sociedad ponen ambas cosas en peligro y terminan en una cárcel para menores en la que el pillaje, las mentiras, el afán por sobrevivir a toda costa los cambia radicalmente. Como espectador la historia te hace sentir rabia, te zarandea, te hace tomar conciencia de las dificultades de una época por lo que ganas un valor añadido con esta película que no consiguen otras de planteamiento similar.

Pese a que los actores no son profesionales todos ellos poseen una gran naturalidad y emotivamente la película gana muchos enteros. Esa fusión perfecta entre lo emotivo y lo documental son las claves de su éxito, que le valió para ganar el óscar a mejor película de habla no inglesa en 1948 y la ha encumbrado como uno de los títulos básicos del neorrealismo en particular y del cine europeo en general.

martes, 16 de febrero de 2010

“La strada” (Federico Fellini, 1954)

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Titulo original: La strada
Nacionalidad: Italia
Duración: 94 min
Género: Drama, comedia, neorrealismo
Guión: Federico Fellini, Tullio Pinelli, Ennio Flaiano
Intérpretes: Giulietta Masina, Anthony Quinn, Richard Basehart, Aldo Silvani, Marcella Rovere
Música: Nino Rota
Fotografía: Otello Martelli
Montaje: Leo Catozzo



"La strada" es uno de los títulos más famosos, asequibles y destacados de Federico Fellini y sin duda la película que lanzó a la fama a Giuletta Masina, su mujer, auténtica "alma" de esta película.

Producida por Dino de Laurentiis y Carlo Ponti, es uno de los más destacados títulos de la etapa neorrealista de Fellini y cosechó un importante éxito. En 1957 ganó el óscar a mejor película de habla no inglesa y fue también nominada al mejor guión.

El argumento es sencillo en apariencia ya que trata sobre Gelsomina (Giuletta Masina), una chica joven y un puntín estrafalaria y peculiar, que es comprada a su madre por el artista ambulante Zampanó (Anthony Quinn) por mil liras cuando muere su padre, para que le haga compañía mientras viaja de pueblo en pueblo con su motocicleta, que tira de un chinringuito en el que viven.

La historia le permite a Fellini mostrar el mundo de la calle (la strada) y de los artistas ambulantes tal cual era, acomodándose a esa corriente neorrealista tan típica del cine italiano de la época que mostraba los ambientes y comportamientos de personas humildes como documento de una realidad que estaba ahí pero que era muy diferente de lo que el cine hollywoodiense solía mostrar. Evidentemente lo que se cuenta del ir y venir de Zampanó y Gelsomina es simple y sencillo, la cámara presta atención únicamente a sucesos cotidianos; pero el guión, de una manera sútil expresa mucho más. De fondo hay una reflexión existencial expresada de forma sencilla por “el loco” funambulista del que se hace amiga Giselmina: todo y todos servimos para algo y eso es algo de lo que Zampanó se da cuenta en la última escena de la película en la playa.

Probablemente el gran acierto de Fellini es el tratamiento de los tres personajes principales: Zampanó, Gilsemina y el “loco”, que proporcionan a la película la carga dramática que completa el retrato realista y social que también aborda el director. Lógicamente los tres actores protagonistas, Giulietta Masina, Anthony Quinn, Richard Basehart; adquieren una importancia esencial en el éxito de la película con tres interpretaciones fabulosas entre las que destaca la de Giuletta Masina porque su personaje es el alma del relato pero además su presencia en pantalla es hipnótica e inolvidable y proporciona toda la carga emotiva y sentimental que requería la historia para llegar al público. Por su puesto Anthony Quinn también está brillante, en la que es una de las mejores interpretaciones de toda su carrera bordando de manera plenamente convincente su tosco y rudo Zampanó.

Podríamos decir de esta película que es esencialmente conmovedora puesto que une a dos personajes opuestos y contradictorios a los que unen las dificultades y la necesidad de afecto, aunque el argumento es un viaje de descubrimiento, en especial para Zampanó, mucho más práctico y preparado para subsistir pese a las inclemencias de la vida en que se mueve, pero menos hábil para comprender lo que necesita realmente y asumirlo. Probablemente el gran acierto de Fellini es que logra conectar con el espectador trasmitiendo una gran sensibilidad pero sin caer nunca en el dramatismo ni en la lágrima fácil. Como en la vida misma comedia y drama se entremezclan de una manera natural y pese a sus circunstancias los personajes siguen adelante y la película no se convierte en un dramón lacrimógeno, que es lo que podría haber llegado a ser si no hubiera sido por el equilibrio que consigue Fellini, algo mucho más complicado de hacer de lo que parece y que en esta película me parece un acierto mayúsculo.

En el viaje de Zampanó y Giselmina por los pueblos italianos, podemos ver también un retrato social de la época, por lo que la película tiene también una importancia llamésmole “documental” que es uno de los aspectos más reseñables y positivos del neorrealismo. Se detecta en ella un poso de melancolía quizás derivado de la miseria en la que vivía mucha gente en la postguerra, en un país vencido por la historia; pero también una cierta esperanza y alegría, que es la que nos trasmite siempre el personaje de Giselmina, que en su inocencia, sabe sacarle a todos una sonrisa.

Zampanó es un tipo rudo, bruto y práctico que sabe sobrevivir, a menudo de forma inmisericorde, a todas las inclemencias de la dura vida que le ha tocado vivir pero que tiene una lección por aprender y es que, como todos, él también precisa una Gilsemina, porque en ocasiones lo más importante se oculta tras la apariencia de la sencillez y lo intrascendente. Gilsemina es pelele e inocente, tiene cara de “coliflor” y se muestra siempre sorprendida y alelada ante todo, pero atesora en su interior la inocencia, la ilusión, cariño por los demás, una humanidad y sentido de la moral que nunca debe faltarnos. La escena en que Zampanó lo descubre es seguramente una de las más emotivas y arrebatadoras de la historia del cine.

En lo puramente técnico destacar la extraordinaria fotografía en blanco y negro de Ortello Martelli que da cuenta de un país de alguna manera destartalado y esa maravillosa banda sonora de Nino Rota, en la que sobresale el triste y melancólico tema que Giselmina toca con su trompeta.