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En su primer largometraje en solitario tras varias colaboraciones con su hermano Ben, Joshua Safdie opta por la historia de un perdedor, un pícaro de ciudad en el Nueva York de 1952 que es un desastre en lo personal, extravagante, egoísta, inmaduro, arrogante, pero que a la vez es un genio del tenis de mesa y tiene una personalidad magnética (gracias a la que Thimothe Chalamet se luce, una vez más) Resulta difícil empatizar con él, pero curiosamente atrapa por completo tu atención durante las dos horas largas de metraje porque su vida es pura montaña rusa convirtiendo la película en un extraño entretenimiento. La propuesta no puede ser más atípica porque es una comedia dramática de ritmo frenético basada de forma libre en la figura real de Marty Reisman y, a parte de que no es la habitual película de superación personal, apuesta por una trama imprevisible en la que el caos aumenta por momentos y sorprende con una banda sonora trufada con temas de los ochenta. Una de esas películas que sorprenden e impactan por su frescura y enfoque original. No consiguió ningún premio pero cosechó 9 nominaciones en los Óscars (mejor película, dirección, actor principal, guión original, montaje, fotografía, diseño de producción, dirección de casting y vestuario).









